Quarta-feira, Dezembro 12, 2007

Recuerdos de Colin: 1

Cuando yo postulaba mi ingreso a la maestría en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, pensaba, en gran parte, que esta sería una manera de hacerme una vida propia en México.

Entre las etapas que había que cumplir, estaba la de cursar prerrequisitos, puesto que no me licencié en literatura. A mí me pareció buena idea: reconocía mis enormísimas lagunas de conocimiento, y estaba más que dispuesta a trabajar para minimizarlas.

Yo estaba muy preocupada en llenar mi vida con un rutina que apaciguara la inevitable sensación de exilio. Pero no tenía ninguna idea de que frecuentar los cursos determinados por la coordinación de posgrado de la FFyL haría mucho más que "llenar" mi vida. En realidad, mi vida cambió profundamente con eso - y desde el primer día.


Porque el primer día, resulta, era mi clase de HL1, y el maestro era Colin White.

Yo había oído decir - me lo dijo una ex alumna de Hispánicas cuya hermana había estudiado Inglesas - que el hombre era una leyenda.

Días antes de inscribirme, había platicado com Alicia sobre las materias que tenía que cursar, y no sabía qué profesores escoger, y ella buscó ayudarme. Le dije que para HL1 yo tenía dos opciones; la de Colin no era la primera, porque implicaba ir un día más a la universidad para un solo curso. Pero, con dos o tres frases de ella ("estudió en Cambridge", "es un mito en la facultad" y un no muy convincente "dicen que es muy gruñón"), me pareció que tal vez fuese recomendable emprender el sacrificio.

Ahora que lo pienso, me doy cuenta de que tengo que hablarle a Alicia y agradecerle por ello.

Yo llegaba a la facultad siete meses después de haberme mudado a México y no tenía más referencias que las escuetas informaciones brindadas por la novia de mi vecino de piso.

Así, tampoco tenía sobre mis hombros el peso de la leyenda - perdónenme la repetición, pero no se me ocurre un sinónimo apropiado - ese día en que me senté en este salón en la planta baja de la facultad.

La clase tenía muchos alumnos, y había que conseguir más sillas. Yo quedé medio lejos de la mesa donde se sentaba el profesor, quien, enfundado en un tweed (¿podría ser más inglés?), pontuaba sus frases tocando el enorme libro sin tapas que traía.

Sus frases.

La primera impresión que tuve de Colin no fue, afortunadamente, la que perduró. Afortunadamente, sí, porque yo, confieso, no entendí casi nada de lo que dijo el profesor aquél día. Mi inglés no era (todavía no lo es) maravilloso y, además, yo estaba casi segura, había algo de raro en aquella voz.

(Yo todavía no tenía la "biblia", esto es, la Oxford Anthology entonces; yo ni sabía que necesitaría un ejemplar y en las semanas siguientes sufrí tratando de conseguirla en México, buscando los poemas acá y allá, todo por no decepcionar la leyenda. Y, claro, por garantizar que podría seguir en el libro todo lo que mis oídos no entendieran.)

Me decidí a nunca más llegar "on time" a una clase de la leyenda.
Jamás una decisión tomada por una mera cuestión de sobrevivencia - o lo oía y entendía o me sería imposible seguir en el curso - se revelaría tan sabia.

Como tantos de nosotros, yo pasé a llegar bastante antes del horario y me codeaba en el pasillo con los demás seguidores de la leyenda. Sin miedo a parecer ridícula, me sentaba en las primeras filas, justo en frente a la mesa, y miraba atentamente el profesor.

Hoy agradezco no haberlo entendido ese primer día: estar físicamente cerca de él ayuda la permanencia de la memoria. Puedo acordarme de su manera de vestir, de su cabello fino y canoso, y sobretodo de su voz, que de pronto se hizo cristalina.

Era poderosa su voz.

Cuantas veces yo lloré, tratando de esconder las lágrimas - porque seguramente me regañaría y me diría "Ey! don't be ridiculous". (O no: me gusta fantasear que él me veía llorar mientras él recitaba Yeats y que mi comoción le parecía una buena señal. No por vanidoso: no lo era. Pero porque comprobaría de que yo no era del todo estúpida.)

Puedo decir que me esforzaba mucho en esos cursos. Era importante que yo tuviera buenas calificaciones - un promedio mínimo de 9.0 era exigido para el ingreso a la maestría. Pero, en el caso de Colin - en poco tiempo, el hombre dejó de ser la leyenda y pasó a ser Colin - el esfuerzo tenía otra finalidad, más primordial, y era justamente obtener de él la comprobación de que tal vez yo no fuese realmente estúpida. Nada me podría hacer más feliz que lograr "atinarle" a algo de lo que preguntaba Colin.

Yo estaba siempre lista a contestar a toda y cualquier cosa que preguntara - y en verdad me desesperaba el silencio de la mayor parte de los alumnos ante su actitud en clase, que era tan generosa: Colin siempre preguntaba. Y lo hacía, eso era evidente, por un genuino deseo de compartir. Él nunca era tajante, y, si bien a veces podía sonar muy grosero (una vez le dijo "silly girl" a una compañera, y me pareció atroz), era evidente que estaba interesado en lo que pensábamos.

Al final del primero de los dos semestres de curso, Colin hizo mi alegría, al escribir en mi hoja de evaluación - no sin antes reclamar por tener que llenarla, "ustedes de prerrequisitos" - que yo tenía un grande sentido crítico. (O algo así; yo soy mala para citar hasta los cumplidos que me hacen, aunque, por él, me empeñaría a aprender de memoria el "No Second Troy" de Yeats; ahora que lo pienso, la única razón por la cual puedo no arrepentirme de no haber tomado HL2 con él es que quién sabe tendría que memorizar algo tan largo como "Tinter Abbey" y estaría hasta hoy temblando de pánico.)

Este apunte que recuerdo mal me ayudó a tener confianza en mí y a sentirme un poco menos como pez fuera del agua.

Paradójicamente, Colin también me hizo sentir más fuera del agua que un pez en el Sahara.

"Shut up. You are not part of the group", me dijo una vez en el segundo semestre (sí, Colin podía ser muy grosero).

Yo tengo una capacidad increíble de recordar las cosas que me lastiman. Para mi propia infelicidad, las buenas cosas a veces se me borran con mucha más facilidad. Sin embargo, ahora, al recordar este episodio que todavía me dolía, en este texto medio torpe, me acordé del detalle que hace la diferencia.

Ese día yo no traté de ocultar lágrima alguna. Salí de la clase visiblemente triste, casi corriendo, tan pronto se acabó. Colin me alcanzó en el pasillo e intentó explicarse.

Yo no sabía cómo sentirme o comportarme. Para mí era muy dramático que mi gran maestro me hablara así. Yo hablaba siempre en las clases, porque me parecía indigno de él que le diéramos sólo silencio, ante su gran interés en hacernos sentir y responder a la poesía. Me daba pena ajena, inclusive. Entonces hablaba y hablaba, contestaba a todo lo que preguntaba. (Creo que efectivamente yo era detestable; prueba de ello es que parte de los alumnos del grupo no me saluda cuando me ve en el pasillo. Y no creo que no se acuerden de mí.)

Colin me quiso decir, ese día, que creía que yo estaba en ventaja sobre los demás. Pero su comentario en clase me había dolido tanto que yo no podía ver la porción de elogio que tal vez se escondiera en su vehemente actitud.


(continuará, o eso creo.)

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4 Comments:

Blogger Rebeka Lembo said...

Gracias a ti también por compartir, Francesca. Y yo sí me acuerdo de ti. Recuerdo gratamente casi todo. Sólo que casi nunca te veo.

3:39 PM  
Blogger jardinière said...

Yo sé que tú te acuerdas... Los que no se acuerdan, o fingen que no, son bien otros. Tú no me saludas porque no me ves, efectivamente. La facultad parece que quedó muy lejos últimamente. Y eso que ni estoy "fuera", de hecho.
Te mando saludos, aunque virtuales.

11:24 PM  
Blogger Rebeka Lembo said...

Hace como dos semanas me acordé de Fidel. ¿Te acuerdas de él? Recuerdo la vez que le dijo a Colin que la Reina estaba de adorno. Nunca olvidaré el contundente: "Don't be ridiculous!"

12:32 AM  
Blogger jardinière said...

Qué chistoso. Ahora que lo mencionas, me acuerdo perfectamente del nombre, y mejor aún de la situación (frase contundente incluída). Pero no puedo recordar su rostro.

12:58 AM  

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