Para RuvadearHace frío, llueve. La calle es muy oscura, la noche es muy oscura, salvo por el camellón extrañamente iluminado, inusualmente iluminado, iluminado por lámparas inmensas y mamparas de cine. La luz que termina atrayendo el trío.
Pobre trío: la madre viene en bermudas y chamarra; los dos niños, muy mojados, si bien más cobiertos. "Mira esa mujer", exclama alguien.
Alguien más los acompaña a un lugar menos iluminado, pero cubierto. Cubierto y lleno de cosas que dan calor, en esa noche de lluvia.
La madre no quiere el sandwich que reiteradamente le ofrecen. Habla bajo, casi como que si quisiera, en lugar de la comida, tragarse las palabras. Esperanza de llenarse de ellas.
Los niños no tienen los mismos pudores. "Yo quisiera café", dice uno, agarrando una concha, enorme junto a sus dedos. Tiene mugre en las uñas, pero hambre, seguro, y necesita calentarse. El otro, el mayor, pide leche, mientras mordisquea el sandwich.
Al pequeño le dan café con leche, poco café, mucha leche, finalmente es un niño chico, ?qué tendrá, cinco años? Se lo toma, sin tocar el pan, que pasa a la mamá. El otro sigue comiendo lentamente el pan con jamón, queso, aguacate. Y toma su leche. "Ya me la acabé", dice, queriendo tirar el vaso de plástico. "Me encargo yo, no te preocupes."
Atención también hace falta. Pero la madre más bien quiere esfumarse; la lluvia, recia, no permite. E insiste en tragarse las palabras, al mismo tiempo que intenta pedir 60 pesos para pagar la noche del hotel y, así, poder acostar a los niños.
Con costo se reúne algún dinero. No basta. Los niños comen. La mamá, por fin, guarda un sandwich en su bolsa de plástico. No se rinde a asumir el hambre en frente de los demás. Los niños, ellos pueden.
Piden café, "con dos bolsitas de azúcar". Finalmente ceden ante el pedido, y hasta el chiquillo consigue su vaso caliente y oscuro. Porque la noche es oscura y fría. Café y azúcar, como se supieran que eso les dará la ilusión de fuerza, de ánimo.
El grande no sabe qué hacer de un trozo de pan que se le va cayendo por los bordes de la envoltura plástica. La madre le remueve el café con una cuchara, enfriándolo al pedido del hijo. El pequeño solicita igual cuidado y, después, cambia de idea: sopea la concha en el líquido, corta con el pan el humo que se levanta del vaso.
Lo mínimo arreglado, la mamá se da prisa. Hace frío, la noche es oscura, más aún fuera del techito improvisado sobre la comida. "Sólo me faltan 20 pesos", justifica. Da unos pasos, cargando su pequeño en los brazos, nada más para parar cinco metros más adelante, bajo un techito todavía más apretado - pero suficientemente oscuro para evitar las miradas.
En el camino, el pequeño se voltea y se despide, soplando un beso.